El conjunto de expresiones culturales a las que se les llama comúnmente folclor o folclore se las debemos al proletariado. Colombia no es la excepción, nuestra música tradicional, nuestra cocina, nuestras prendas de vestir y todo lo que identificamos como colombiano, se ha originado en los ranchos de los campesinos, en los barrios obreros, en las universidades, en las plazas, en los cafés y en las cantinas; nuestra identidad ha sido creada por mujeres y hombres que tenían que trabajar para comer. Sin embargo, cuando estas expresiones alcanzan un determinado nivel de desarrollo, son apropiadas arbitrariamente por el capital y convertidas en medio de producción.
Durante mucho tiempo el vallenato, una de las varias tradiciones musicales que se originaron en el Caribe colombiano, estuvo ausente de los medios de comunicación burgueses; que durante mucho tiempo consideraron que esta expresión musical era de mal gusto y representaba lo peor de nuestra costa norte. La adopción de algunas artistas de extracción pequeñoburguesa del vallenato dentro de los esquemas de la música comercial, llevó a que este género se popularizara entre los diferentes medios de comunicación. Más que pensar en un apoyo al folclor por parte de la burguesía, lo que ocurrió es que simplemente se creó un nuevo nicho en el mercado musical. Naturalmente la televisión, medio en el que han tenido intereses desde hace más de treinta años los grupos Santodomingo y Ardila Lülle, desempeñó un papel fundamental. Desde entonces, la mayor parte del vallenato que se escucha en Colombia y en América Latina representa lo menos interesante de nuestra larga y rica tradición musical, mientras que las expresiones más interesantes de nuestra música se ven marginadas en el underground.
En cuanto al cine, parece ser que el primer filme donde aparece el vallenato es La boda del acordeonista (1986) de Francisco Bottía, esta producción ha recibido buenas críticas y fue premiada en Francia, Cuba y Brasil. El acordeón y la cultura vallenata desaparecieron de la gran pantalla, en uno que otro filme, se limitaron a ser un simple decorado sonoro para las escenas.
El año pasado María Camila Lizarazo estrenó El Ángel del Acordeón, sometida a los cánones estéticos de la burguesía y ajena a nuestra realidad según se desprende de una crítica firmada por algunos de nuestros cineastas más importantes.
Este año el novel director cesarense Ciro Guerra, que ya nos había dejado ver algo de su talento en su ópera prima La sombra del caminante (2004), ha traído a nuestras pantallas Los viajes del viento.
Este filme cuenta la historia de Ignacio Carrillo (Marciano Martínez), un popular juglar vallenato que atraviesa nuestra región Caribe para devolverle al maestro Guerra, un acordeón rodeado de leyendas, y Fermín (Yull Nuñez), un muchacho de origen humilde que quiere que Ignacio le enseñe a tocar el acordeón.
La historia está narrada de manera episódica, siendo coherente con la tradición literaria que da origen a este tipo de filmes en el que dos personas emprenden un largo viaje para aprender algo de sí mismos, a la vez que toman conciencia del mundo y sus adversidades. Acuden inmediatamente a la memoria obras clásicas como Don Quijote de la Mancha de Cervantes y Santiago el fatalista de Diderot. Aunque, en general, podemos considerar que tiene un guión clásico, bastante adherido al modelo conocido como “el viaje del héroe”1, contiene elementos propios de lo que Francis Vanoye llama “guión moderno”2, como el final abierto, cargado además de un alto contenido poético.
A la vez, el filme es casi un musical didáctico, ya que en su recorrido, el espectador se acerca a las distintas manifestaciones musicales que dieron origen a la música de esta región de Colombia.
A pesar de que muchos eventos están inspirados en viejas leyendas del folclor vallenato, como la piquería en la que Ignacio se enfrenta con un juglar que practica la brujería, el filme está narrado en un estilo bastante naturalista que nos remite al neorrealismo italiano, a realizadores de Europa del Este como Miklós Jancsó o Andréi Tarkovski y maestros del Nuevo Cine Latinoamericano como Glauber Rocha o Fernando Birri; de hecho, el primer plano de la película nos remite inmediatamente al comienzo de Dios o el diablo en la tierra del sol (Deus e o Diabo na Terra do Sol, 1964) de Rocha. Si en algún momento la atmósfera del filme se torna fantástica, se debe a los espacios y del Caribe colombiano cargados de riqueza cultural, que inspiraron las mejores páginas de García Márquez y son aprovechados narrativamente por el realizador y su fotógrafo, el experimentado Paulo Pérez. En este sentido vale resaltar el plano general en el que Ignacio y Fermín son seguidos en un paneo, los vemos iluminados por un sol intenso, mientras vemos al fondo del cuadro caer un torrencial aguacero. Está claro que antes de ser algo calculado, fue producto del tino de los cineastas al adaptar el filme al espacio y no al revés.
Al ser este un filme en el que la música es protagonista, el sonido suele ser aprovechado como recurso narrativo de la historia. Algo muy apropiado para las sabanas de nuestra costa norte en la que los ruidos más extraños viajan kilómetros enteros gracias a las brisas vespertinas.
La acción del filme ocurre en 1968, año en que nace el Festival de la Leyenda Vallenata, creado por Rafael Escalona y Consuelo Araújo Noguera. Así el realizador se ahorra tocar el complejo tema de nuestra guerra interna que azota los territorios que sirvieron de locaciones para el filme. Sin embargo hay dos guiños interesantes que no han escapado a un director y guionista consciente de la historia de su región: el hermano de Ignacio que vive como un ermitaño en la Serranía del Perijá, huyendo de las violentas expropiaciones realizadas por los banqueros de la región es uno, el otro es la presencia de marimberos3de La Guajira, antecesores naturales de las hordas paramilitares que azotan nuestros campos y ciudades.
Por otra parte resulta escalofriante ver que los pueblos y rancherías que no le ha resultado oneroso a la producción recrear los años 60 en el Caribe colombiano. Es impactante ver que el nivel de atraso que viven las poblaciones rurales de nuestro país se ha mantenido en estos últimos años de sangrienta historia.
Infortunadamente, la problemática crisis económica por la que pasa Colombia, producto de nuestro capitalismo atrasado y neocolonial, impide a muchos trabajadores colombianos asistir al cine debido al alto costo de las entradas. Por otra parte, la distribución ha sido muy limitada y, en el caso de Bogotá, por ejemplo, el filme está siendo exhibido en muy pocas salas, en algunas con sólo una función por día.
En medio de una política cinematográfica franquista, que prefiere apoyar el cine cuando se comporta con docilidad ante la férula fascista y nos somete a los dictámenes del cine comercial, vale la pena ver un filme que constituye un valioso aporte a la tradición del Nuevo Cine Latinoamericano e inspira a los nuevos realizadores de nuestro cine. Además, es un respiro para los oídos del melómano cansado de los malos vallenatos que comercializa la burguesía.
Uno de los inversionistas del filme es RCN Cine, propiedad del multimillonario fascista Carlos Ardila Lülle. Esperemos que llegue pronto el día en que los productores colombianos no necesiten acudir a estos sanguinarios personajes y nuestro cine se convierta en patrimonio de todos los colombianos.
Ficha técnica
Título: Los viajes del viento
Dirección y guión: Ciro Guerra
Intérpretes: Marciano Martínez y Yull Nuñez
Producción: Cristina Gallego y Diana Bustamante
Diseño de producción: Angélica Perea
Fotografía: Paulo Pérez
Edición: Iván Wild
Sonido: José Jairo Flores
Música: Tito Ocampo
Duración: 1 hora 57’
Año: 2009
País: Colombia – Holanda – Argentina - Alemania
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