El pasado 14 de mayo el IBEX-35 sufrió una caída del 6,6%, una de las mayores de su historia y la mayor desde octubre de 2008. La bajada tuvo repercusiones en otras bolsas europeas, en el coste de la deuda española y en el propio euro. La razón de esta tremenda sacudida, inesperada para aquellos que confiaban en que el plan de ajuste del gobierno PSOE tranquilizaría temporalmente al mundo financiero, radicó en los datos de evolución de los precios, publicados por el Instituto Nacional de Estadística (INE) a primera hora del mismo día 14. Según esos datos, la inflación subyacente en el Estado español (los precios de todos los productos excepto la energía y los alimentos frescos) se colocó en terreno negativo por primera vez desde que se creó este índice en 1986. Y a pesar de que la caída interanual fue de sólo un 0,1%, el temor a que este dato fuese la primera señal del inicio de un proceso deflacionista fue suficiente para extender la alarma entre los inversores.
Desempleo masivo, desplome del consumo y la inversión productiva, deuda pública
Los informes de perspectivas elaborados por los organismos económicos mundiales (FMI, BM, OCDE) muestran una misma línea argumental: lo peor de la crisis ya ha pasado y en 2010 asistiremos al fin de la recesión global, pero...y aquí viene lo mejor, la supuesta recuperación no impedirá tasas masivas de desempleo y la continuidad del hundimiento del consumo doméstico, aplastado por una deuda familiar gigantesca y el paro creciente. La inversión productiva, después de sufrir un descalabro histórico en 2009, apenas se recuperará, y a los índices depresivos en todas las economías desarrolladas les seguirá para 2010 unas previsiones de crecimiento raquíticas: el avance del PIB en economías fuertes como las de EEUU, la UE o Japón se situaría en torno al 1o al 1,5%. ¿Qué tipo de recuperación es ésta?
En reciente declaraciones el presidente de la reserva federal norteamericana Bernanke señalaba que la economía norteamericana "se enfrentaba a formidables vientos en contra". Parece que los 700.000 millones de dólares de ayuda para impedir el colapso del sistema financiero mundial tras la quiebra de Lehman Brothers en septiembre de 2008 por la cuales se cubrió el enorme hueco dejado por colapso de la burbuja inmobiliaria, la mayor de la historia del capitalismo, han sido insuficientes para conjurar el peligro de la crisis. Al contrario, la crisis se resolvió de un modo temporal, a costa de trasladar la enorme deuda impagada del sector privado al sector público. El endeudamiento público ha llegado a cotas desconocidas y representa un problema para la burguesía en todos los países del mundo.
El 24 de octubre de 1929 estalló el pánico en la gran bolsa de Nueva York. 12.894.650 acciones cambiaron de manos, muchas a precios de saldo. El jueves 29 de octubre Wall Street comenzó su prolongado declive. El crack de Wall Street se divide en dos épocas: la alegre "época del jazz" de los años veinte y los años treinta, la década de la depresión.
Todo el mundo sabe que en octubre de 1929 las acciones en Nueva York experimentaron una "pequeña dificultad local". Y todos saben que millones pasaron hambre y miserias durante los siguientes diez años, una dureza que terminó con el horror de la guerra mundial. ¿Cuál es la relación?
Hace sesenta años de la proclamación de la República Popular de China tras una tremenda revolución campesina que se extendió durante años y culminó con la liquidación de los restos del feudalismo agrario y las relaciones de propiedad burguesas. La revolución china supuso un golpe devastador para los terratenientes y capitalistas chinos y, por supuesto, para el imperialismo occidental, al tiempo que una inspiración para millones de explotados de las colonias y en los países avanzados. A pesar de que la revolución china constituyó un acontecimiento histórico para la liberación de cientos de millones de esclavos modernos, seis décadas después, el largo proceso de reformas económicas y políticas pilotado por la dirección estalinista del mal llamado Partido Comunista de China (PCCH), ha liquidado las bases de la economía planificada y abierto de par en par las puertas para la restauración capitalista.
A través de la explotación más despiadada de millones de trabajadores; de jornadas extenuantes sin derechos sindicales y políticos; de la eliminación gradual de la propiedad colectiva de la tierra, la legalización de la propiedad privada y el fin del monopolio estatal del comercio exterior; de la privatización masiva de la industria estatal y los servicios públicos, el naciente capitalismo chino parece brillar con intensidad.