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Sin júbilo, pero sin vilo y aparentemente sin perdedores, terminan los ocho años más terribles por los que haya pasado Colombia. Cabalgando la batalla de la lucha contra la insurgencia, la clase dirigente ha llevado al país, y con él a sí misma, a una de las peores crisis que haya tenido que afrontar. El carácter de esta crisis es particular, puesto que en la superficie todo da la impresión de estar bajo control. Las elecciones transcurrieron sin mucho revuelo, a pesar de las graves denuncias de fraude y de clientelismo, que es mucho peor que el fraude. Los medios de comunicación, luego de haber inflado al candidato Mockus hasta las nubes, no escatimaron un segundo en abandonarlo una vez perdió. Su alineación casi súbita con Santos constituye un verdadero pacto de punto final, tal como sucedió con Uribe: Sus vínculos con el paramilitarismo, los escándalos constantes de espionaje, corrupción y falsos positivos para nombrar algunos, jamás conllevaron el cubrimiento que debieron tener. Así sucede con el nuevo presidente, todo su expediente parecerá ahora una nota al pie en su impecable hoja de vida de estadista. Una buena muestra de gobernabilidad informativa: los medios dejan mandar al que quieren, a quien no, lo engullen. Este mágico idilio, empero, es artificial. La oligarquía colombiana se ve en una necesidad de relevar su cara más brutal ya que, si bien por un momento su discurso logró polarizar a una gran parte de la población en un discurso defensista, tema al que volveremos más adelante, hoy su efecto más claro es la progresiva agudización de la lucha de clases.
Y esto por varias razones: las deficientes relaciones con los países vecinos, por más que se intente negar, han tenido consecuencias catastróficas para Colombia, y la grave situación del conflicto armado, que está lejos del publicitado “fin del fin”, como la corrupción burocrático-paternalista y la polarización en base al eje amigo/enemigo promovida desde las altas esferas del poder que amenaza la estabilidad misma de las instituciones burguesas. Es allí donde se encuentra la clave del nuevo periodo, veamoslo desde su propia orilla: “El santismo, en la historia política de Colombia, ha sido sinónimo de republicanismo, frentenacionalismo y pactos entre las élites. Pero Juan Manuel Santos no es eso. Es ante todo un político pragmático”. No obstante un mea culpa muy mal acomodado, esta frase de la revista Semana alcanza para definir cuáles son los imperativos del nuevo gobierno, Santos es eso, y ha escogido un vehículo nada original: La Unidad Nacional.
La retórica de “Unidad Nacional” es antiquísima, casi tan antigua como la configuración del estado-nación en sí, tiene múltiples acepciones, dependiendo de las necesidades del momento, y de quién la utilice. Los revolucionarios franceses echaron mano honestamente de ella, como también Napoleón, con intereses más mezquinos. Fue usada masivamente antes, durante y después de las dos guerras mundiales por todos los gobiernos implicados; en México para justificar el retroceso de las reformas del presidente Cárdenas, y también en el Cono Sur y España, para tratar de mitigar los efectos inmediatos del fin de las dictaduras, estos efectos eran la carestía, las huelgas y las reclamaciones de justicia. Para la ocasión que asistimos hoy, fue probablemente un invento del ─cosas de la vida─ venezolano J.J. Rendón. Puso en práctica su idea en 2005, cuando le dio éste nombre al partido mejor conocido como “La U”, y también durante la campaña de Porfirio Lobo en Honduras, que venía de un golpe cívico-militar del establecimiento contra Manuel Zelaya, un presidente de izquierda. Aunque no haya sido muy explícito, podemos ver también una de las caras del funcionamiento de esta estrategia en 2008, año cúspide del uribismo, cuando columnistas, noticieros y políticos hacían llamados constantes para justificar la agresión al Ecuador y la “defensa contra las amenazas de Chávez”. Su lógica es sencilla: Estas dos palabras sirven para encasillar las respuestas populares y reconducir el rumbo de sus dirigencias, apelando a sentimientos primarios, toscos y carentes de contenido, pero de una carga emotiva inmensa, pues pone al enemigo contra la pared: ¿Quién se opondría a que el país se encuentre en “paz”? ¿Quién no quisiera resolver todos los problemas por la vía del diálogo?, pues la expresión lleva implícita la respuesta, los enemigos de la nación, agentes extranjeros, saboteadores de la democracia que se regocijan perpetuando odios ancestrales
Es el arma perfecta para inmunizar los argumentos propios y descalificar los ajenos. Como el desarrollo histórico no es en nunca mecánico, una vez llega a su fin determinada situación, se abren múltiples salidas para resolverla. La interacción de las clases sociales a nivel local e internacional, la situación económica e incluso las costumbres determinarán el desenlace del periodo concreto. Dejando un lastre de desindustrialización, alza en el costo de vida, informalidad laboral, desplazamiento forzado y agudización de la guerra en el campo, el fin de un régimen autoritario y carismático como el de Uribe es en sí volátil, puesto que deja al margen (más bien casi al margen) al representante del peor sector de la burguesía que además había sido divinizado ante la clase media y otros sectores por los medios de comunicación (no es gratuito que la campaña de Santos tratara de capitalizar la figura de Uribe al máximo). Es decir, remueve la venda y pone nuevamente sobre la mesa y de manera directa todos los problemas que de alguna forma fueron neutralizados por la persona de Uribe, o reducidos a ésta. En ese sentido, la “Unidad Nacional” busca blindar a la propia burguesía de su propia tara, que es la ausencia de Uribe, aprovechándola para dos fines que parecen contradictorios: dar una imagen de renovación, y hacer tan maleable como sea posible y por el tiempo que sea útil, al presidente saliente.
Esto sin embargo no es suficiente, como expuso la CMR en un artículo pasado acerca de las elecciones, estas reflejaron un enorme cuestionamiento de la situación, que se manifestó hasta un punto determinado, en el candidato Antanas Mockus y el “partido verde”. Mockus en ningún momento es un izquierdista, y esa en gran parte fue una de las causas de su ascenso. El ocultamiento mediático, cuando es lo menos, y no la mentira, la campaña de desprestigio o la descarada tergiversación de los hechos, cuando es lo más, a la que ha sido sometida la izquierda en especial desde el año 2006 cuando demostró un potencial enorme en los comicios presidenciales, sumado a varios errores reales en la dirección del Polo, movió a una capa importante del electorado a buscar una solución “equilibrada”, esto es, que no rompiera del todo con ciertos prejuicios, situaciones y formas a las que consideraban plausibles, a la vez que le exigían más y más de lo que esta solución hubiera podido dar materialmente, como explicaba nuestro compañero Doroteo Zapata: “por sus propias características, el movimiento social que se ha configurado alrededor de Mockus lo rebasa y desborda porque el electorado en su instinto quiere ir más allá del programa tibio y confuso propuesto por este candidato. Basta echar un vistazo en las redes sociales para darse cuenta que, de manera ascendente, las demandas de los simpatizantes de Mockus piden cada vez más políticas que no son propias de un estado capitalista”, Es decir, no era la persona de Antanas ni sus ideas, las que lo convirtieron por momentos en una opción a los ojos de muchos, sino que en el se reflejaba el malestar de una capa significativa de la sociedad.
Aunque la derrota del Partido Verde se augura cómo su partida de defunción, pues su base de apoyo que es la clase media está conformada por elementos sumamente disímiles y oscilantes, el descontento que alcanzó a condensar es algo que incomoda al gobierno de Santos, de ahí que una vez posesionado intente canalizarlo hacia sí “volviéndose un Mockus”, dando aire fresco a la política, desempolvando de su biblioteca de fin del milenio las teorías de Anthony Giddens sobre el buen gobierno, que en lo utópico se parecen a las de Proudhon y que irónicamente fueron utilizadas por otros dos culpables directos de crímenes de lesa humanidad: Clinton y Blair. Digamos de paso que, como en el grabado de Goya “el sueño de la razón produce monstruos”.
En tanto, no podemos perder de vista este viraje santista, pues será el eje sobre el cual trabaje por algún tiempo. Si medios ultraliberales como The Economist, el Financial Times y jugando de locales la revista Dinero, no le temían al programa económico de Mockus, más a gusto se sienten con Santos. Pero como decíamos, el descontento demostrado en las elecciones les empuja obligatoriamente a un cambio en la forma. Un tono conciliador que seduzca a través de los medios no es un mero detalle anecdótico, sino que al contrario es una señal para la táctica que la izquierda debe seguir: develar cómo los formalismos no cambian en el fondo el carácter neoliberal y oligárquico del gobierno. No denunciar este punto sería darle la ventaja tremenda a la derecha, máxime cuando el único partido de oposición seguirá siendo el PDA. En este momento crucial, la dirigencia del Polo debe aprender de la militancia, que ha mostrado fortaleza en torno al partido en sí, más que sus líderes. Esto la convierte en una dirigencia lógica ante las masas, pero la ausencia de un programa y de una organización correcta son sus debilidades, un programa que priorice en los movimientos populares y no el asistencialismo cuando se esté en el gobierno, un programa que en la práctica, o sea en la aplicación concreta de las ideas, demuestre ser una alternativa real frente a las políticas de la oligarquía. Vacilar en este momento, rendirse ante las presiones de la burguesía y sus áulicos que tratan de asesinar al Polo cada vez que pueden, retroceder ante las nuevas circunstancias por incapacidad de comprenderlas, constituirán errores que la historia cobrará caros, muy caros.
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