De la política y de los partidos se puede decir –con las variantes correspondientes- lo mismo que de los individuos. Inteligente no es quien no comete errores. Hombres que no cometen errores no los hay ni puede haberlos. Inteligente es quien comete errores que no son muy graves y sabe corregirlos bien y pronto.
Lenin. La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo.
Con asombro, pero a la vez –seamos francos- con satisfacción, nos enteramos del debate a que ha dado origen una serie de artículos que hemos publicado en la CMI, independientemente de los términos en que surge y el uso innecesario de epítetos descalificativos. Y nos encanta la noticia, porque representa para nosotros la oportunidad de explayarnos en temas candentes de la actual coyuntura universitaria, y por esa vía también de problemas generales de táctica y estrategia políticas. Temas estos que hemos elaborado en los documentos aludidos pero a los cuales, una vez más, no les han dado la suficiente atención nuestros “críticos”.
No está de más recordarle a nuestros “críticos” la opinión que les enviamos a su página web sobre las divisiones en el seno del Movimiento Estudiantil, que las hay, para quien quiera y pueda ver sin las “gafas” de sus propios prejuicios. Opinión que ellos evitaron publicar, pero que contestaron en un comentario, con lo que plantearon un debate sin remitente, y por lo mismo la confusión general. Y luego nuestra respuesta a su “crítica”, que por cierto tampoco publicaron. Como no podría ser de otra manera, esos textos, reunidos los tres en un artículo por nosotros, serán citados aquí para una mayor comprensión de los términos del debate, además de adjuntarlos como archivo anexo, que de seguro enriquecerán enormemente la polémica que se ha abierto.
Quien nos “critica” se ha detenido en sólo uno de los puntos a consideración, el del famoso “tropel”, constituyendo este un tema secundario de la polémica por nosotros planteada, que gira alrededor de la necesidad de un PROGRAMA para el movimiento estudiantil, que le de un norte y, por lo mismo, una cohesión interna al movimiento, posibilitando igualmente la necesaria política de alianzas con los profesores de cátedra y los trabajadores no docentes, en un FRENTE UNIVERSITARIO, local y nacional, de lucha por la defensa de la educación pública. El tema no es una invención nuestra: no solo en la historia del marxismo todas las luchas han sido guiada por PROGRAMAS, sino que también en la historia del movimiento estudiantil colombiano conocemos una experiencia similar, el “programa mínimo de los estudiantes”, de abril de 1971. Pisaremos entonces sobre terreno firme si le damos a la discusión el norte indicado, y no el de los prejuicios de quien nos hace la “crítica”. Por tanto, vamos a iniciar con el problema de la táctica, argumentando descriptivamente cómo se manifiesta en algunos ejemplos, para pasar al del PROGRAMA, y concluir finalmente con la cuestión organizativa, el desarrollo de la conciencia, del “tropel y las formas de lucha”, donde examinaremos ya en un plano comprensivo la cuestión de la táctica. En el desarrollo de esta respuesta irá desgajándose la contestación a las “replicas” y prejuicios en que se basa la posición de nuestro “juez”.
Cuestiones de táctica.
“Desde mediados de septiembre del presente año hemos visto un resurgimiento del movimiento estudiantil colombiano en general, y en la ciudad de Medellín en particular. La amenaza seria de un colapso total del sistema de educación superior pública, del que da cuenta una deuda de medio billón de pesos de las universidades estatales, expresa diafanamente la situación dramática en que se hallan nuestras casas de estudio, y constituye la causa primordial y legítima del resurgir de la protesta estudiantil contra el modelo capitalista de producción, que recorta el gasto social y lo redirecciona hacia el presupuesto militar y los regalos del erario público a los grandes capitalistas (caso agro ingreso seguro, entre otros)”.
Así dimos inicio al último de los artículos escrito por nosotros sobre el movimiento estudiantil. De que ello fue así no cabe la menor duda, pero cómo se inicio el debate y cuál fue la forma en que lo orientaron algunas organizaciones estudiantiles, es lo que aquí nos interesa. En efecto, no fueron los estudiantes, sino las directivas de la universidad, los que llevaron la situación de desfinanciamiento de las universidades a los medios de comunicación, medios de propaganda burgueses que, por su propia posición de clase, se alinean siempre con las posiciones del gobierno y que, por lo tanto, en circunstancias normales, no estarían dispuestos a abrir sus espacios televisivos, radiales o de prensa a discusiones de este talante, que no hacen más que apuntar al problema del Estado como causante del desbarajuste presupuestario de las universidades públicas. La situación de las casas de estudio es tal que los mismos rectores se vieron en la necesidad de presionar por arriba, para evitar un choque estudiantil con el Estado por abajo. Pero con ello no hicieron más que abrir la caja de Pandora, y darle un impulso tremendo al movimiento estudiantil, impulso que pese a los errores leves cometidos por la dirección de los mismos, no se ha frenado, sino que por el contrario prosigue, y seguramente el próximo año llevará a una situación favorable al desarrollo de un movimiento potente y aguerrido, si se sabe encauzar.
¿Cuál fue la respuesta de la dirección del movimiento estudiantil a la situación creada? Varias de las modalidades emprendidas, tales como las asambleas, los mítines, marchas etc., fueron más que correctas, eran absolutamente necesarias, y esto es un hecho que nosotros seríamos los últimos en negar (el “tropel” es un asunto que trataremos luego). Pero, además de esto, por no reconocer adónde debía apuntarse la crítica, se cometió un primer error en la actuación estudiantil, error relativamente pequeño, pero que aún persiste, y con ello genera inevitables retrocesos en el movimiento. Con esto nos referimos a la posición de los dirigentes estudiantiles frente a los rectores de las casas de estudio, y específicamente al de la Universidad Nacional, Moises Wasserman. La actitud intransigente y la falta de un manejo dialéctico de la situación generaron una primera “victoria” del Estado, victoria leve, pero importante. Nos explicamos.
Es claro que la posición de los rectores se alinea íntegramente con la del Estado, que los ha elegido a través de los consejos superiores, y que su intención en el inicio de esta coyuntura no fue darle un impulso al movimiento estudiantil. Esta es su posición subjetiva, pero ¿fue el resultado objetivo? Desde luego que no, lo que hicieron fue un favor no deseado a los estudiantes, y un ama de primera mano en la lucha reivindicativa Y POLÍTICA contra el Estado. Frente a esta situación de hecho ¿cuál sería el camino a seguir? ¿Iniciar una lucha radical contra los rectores, o apoyarse en ellos para dirigir el ataque contra el Estado?
Es evidente que los estudiantes de la Universidad Nacional intentaron hacer en parte esto último, pero lo hicieron sin método, y sucedió lo que todos sabemos: en un intento de los estudiantes por presionar a Wasserman a una discusión asamblearia con los tres estamentos, se llegó a una vía de hecho, totalmente legítima (!!!), pero que fue usada con habilidad por el gobierno y los sátrapas de los medios de comunicación para presentar a los estudiantes, una vez más, como “terroristas”, como “secuestradores” del rector, en una cortina de humo que, si bien no tuvo repercusiones directas para los estudiantes, si minó el impacto de sus movilizaciones de cara a la “opinión pública”, algo sumamente importante en cualquier lucha gremial y política. Esta primera escaramuza la ganó, indudablemente, el Estado, y con esto no queremos decir que los estudiantes sean “terroristas”, como gustan de entender en su alterada lógica nuestros “críticos”, sino que, en una jugada política importante, el Estado supo ser más audaz, usando “una forma de lucha”.
Llamar una, dos, tres y cuantas veces sea necesario, al rector a discusiones públicas en el seno de una asamblea triestamentaria, está muy bien; pero, además, no desesperarse con sus negativas, sino aprovecharlas como un arma en su contra. Si el rector no acude, no es necesario ir hacia él, como Mahoma a la montaña, pues su posición intransigente es un argumento de hecho para los estudiantes sin conciencia política, estudiantes que, como los elementos más atrasados de cualquier clase, aprenden necesariamente a través de la experiencia, de la dura escuela de los hechos (los estudiantes, strictu sensu, no son una clase, sino un sector social, pero el desarrollo de su conciencia reviste formas similares). En los hechos prácticos los estudiantes, que se arriman a la asamblea por las noticias en los medios, comienzan a percibir la dinámica real de la política, la posición oscilante y traidora de los rectores, y aprenden, aprenden a distinguir amigos de enemigos, a orientarse en la lucha y a desconfiar de los órganos rectores de las casas de estudio.
Esto es algo que los dirigentes deberían reflexionar, entender e interiorizar, en vistas a una conducción acertada de la lucha política: no sustituir los prejuicios de los estudiantes atrasados por sus propias posiciones. Lo que dicho en términos kantianos, es para un dirigente una verdad a priori, se le revela a los estudiantes en la experiencia, a posteriori. Cuando nuestro “crítico” dice “¿acaso toda la teoría del marxismo, de la que dicen ellos ser los verdaderos continuadores capaces de dar al movimiento estudiantil una orientación correcta, no parte precisamente de que las masas toman conciencia de su fuerza y de su poder solo en la medida en que luchan, en la medida en que se unen en la lucha?”, no hace más que decir una “verdad abstracta”, a medias, unilateral.
Claro que el estudiante aprende en la lucha, en la dinámica real del movimiento (¿hemos dicho lo contrario?, ¿dónde?), pero cómo se presenta esa dinámica en concreto, en cada caso, es el punto central aquí. Y, para responderle a su “crítica”, es que ejemplificamos prácticamente la misma, tratando de ser lo más claros posibles, para que no altere su “comprensión” nuestros argumentos. Y más aún, los casos prácticos que se presentan en el movimiento estudiantil, de la “nacho”, la UdeA o cualquier otra, muestran precisamente esta tendencia dentro de algunos dirigentes y organizaciones estudiantiles, precisamente las mas “vanguardistas”: sustituyen la lógica de desarrollo de la conciencia de los estudiantes, sobre todo de los más apáticos (¡la inmensa mayoría!) por sus propios prejuicios, les imponen sus lógicas y métodos, y con ello pierden una base enorme e importantísima para la lucha política, una base que podría ser ganada puesto que se lucha también por ella(sic). Justo en ese momento es que se da la “división en el seno del movimiento estudiantil” a la que aludimos en uno de nuestros artículos, división que nuestro “crítico” zanja calificando a los estudiantes inconscientes de “burgueses” e “hijos de papi y mami”, en una lógica dialéctica realmente maravillosa(!!!). Sobre este tema volveremos en el capítulo acerca del programa, y luego en el tratamiento del “tropel”.
Pero volvamos a Wasserman. ¿Qué debieron hacer los estudiantes? Parafraseando a Trotski: “apoyarse sobre los hombros de Wasserman (o cualquiera de los rectores) para disparar contra el Estado”. Es decir, aprovechar la posición de las directivas para ir más allá de ellas, planteando la real dimensión del problema, y la necesidad, por tanto, de “elevar” el nivel de la lucha contra el Estado, y contra el sistema económico capitalista, como causantes últimos del problema estructural de las universidades públicas. Argumentar, por ejemplo, que lo que dicen los rectores sobre el financiamiento de las universidades es verdad, pero no toda la verdad. Señalar que no se trata sólo de los gastos de financiamiento (que ellos miran por lo bajo), sino de muchas cosas más: del pasivo pensional de los jubilados, del crecimiento exponencial de los profesores de cátedra (que disminuye la calidad de la educación al fomentar la desidia de estos “proletarios intelectuales”), de los salarios de los trabajadores, de la dotación de equipos para bibliotecas y laboratorios, en fin, que son muchas las cosas a argumentar. Todas estas razones pueden y deben entrelazarse en un análisis multilateral del problema universitario, demostrando que las “políticas educativas” en su conjunto no son más que la consecuencia natural del modelo económico capitalista, y por lo mismo “elevando” el nivel de conciencia de los estudiantes, del plano reivindicativo al político. Esto tiene que ver con la cuestión de un PROGRAMA del movimiento universitario, sobre la que volveremos.
Lógicamente que el problema no se plantea de la misma forma en cada universidad pública, pues en la UdeA, para saltar de ejemplo, el rector Alberto Uribe casi siempre asiste a las asambleas estudiantiles cuando se le pide, por lo que aquí la táctica varía. Aquí el estudiante no aprende por la intransigencia del rector, sino por la capacidad argumentativa académica y política de los dirigentes estudiantiles, lo que obliga a estudiar seria y rigurosamente el problema educativo en su dimensión multilateral, lo cual alude al aspecto subjetivo, político (en el sentido de las organizaciones estudiantiles) del problema. No vamos a hacer una apreciación individual de los dirigentes estudiantiles pues nosotros, por principios (y ética) no personalizamos los debates. Pero es importante señalar, y todos los que han asistido a las asambleas, asisten o les comentan sus compañeros, saben cual es su dinámica real: un 70% del tiempo de discusión de estas se dedica a “informes” y el resto a discusiones, las más de las veces desafortunadas, pues no se tocan los aspectos medulares de la coyuntura, sino que se disuelven en problemas “etéreos”, alógenos (algo así como lo que hace nuestro “crítico”). Creemos que los lectores que conozcan la dinámica interna de las asambleas saben a qué nos referimos, y si no, les invitamos a que asistan a una de ellas, para observar, en los hechos, si decimos la verdad o no.
Las condiciones varían de universidad a universidad, eso lo entendemos, por eso no damos una “receta” general para el movimiento estudiantil nacional, sino que tocamos cuestiones de táctica, para que los lectores de cada ciudad examinen su situación concreta, y evalúen por donde tomar la ruta. La vida es siempre más compleja, variada, rica en formas y matices de lo que cualquier teórico (y nuestro “crítico”) pueda pensar acerca de ella. Para decirlo en términos del materialismo dialéctico, “la realidad se mueve”, sea esta natural o social, y para el caso que nos ocupa, el deber del político (ergo, del dirigente estudiantil) consiste en examinarla atentamente en su riqueza y complejidad, pulsar el estado de ánimo del conjunto del estudiantado, el profesorado y los trabajadores (no sólo el suyo propio) y definir el camino a seguir, sabiendo que los errores siempre se presentan, pero siendo perspicaz para verlos y corregirlos con prontitud.
La necesidad de un programa de FRENTE UNIVERSITARIO.
Este es el punto fundamental de nuestras posiciones, el aspecto en que realmente nos gustaría insistir, por considerarlo el problema esencial del movimiento estudiantil (y revolucionario), al cual se supedita siempre el de las formas organizativas y, en última instancia, también el de las “formas de lucha”. J. P. Cannon decía en su texto “la lucha por un partido proletario” lo siguiente:
“¿Qué importancia tiene la cuestión organizativa como tal en un partido político? ¿Acaso tiene un significado independiente en sí, sobre el mismo plano que las diferencias políticas o hasta por encima de estas? Muy rara vez. Y entonces solo de forma pasajera, ya que la línea política siempre irrumpe y domina la cuestión organizativa. Esta es una de las primeras lecciones del abecé de la política partidista, confirmada por toda la experiencia” (…)
(…)”Como regla general, los métodos organizativos se desprenden de la línea política. En efecto, toda la importancia de la organización radica en llevar a cabo un programa político. En última instancia, no hay excepciones a esta regla. No es la organización —el partido o el grupo— la que crea el programa; más bien es el programa el que crea la organización, o que conquista y utiliza una organización ya existente” (Las negrillas son nuestras).
Esta claro que la cita hay que tomarla guardando las proporciones, pues aquí se trata del movimiento estudiantil, no de un partido político. Hacemos la advertencia porque no faltará el “crítico” que no sea capaz de comprender este aspecto.
¿Por qué la cuestión del PROGRAMA representa, a nuestro entender, el problema fundamental del movimiento estudiantil y universitario, local y nacional? Por varias razones, a saber: porque el programa establece la comprensión global de la lucha que se pretende iniciar o desarrollar de manera efectiva; porque el programa determina la política de alianzas que debe llevar el movimiento en cuestión (el estudiantil); porque el programa orienta las formas organizativas apropiadas para encauzar acertadamente esa lucha; porque el programa contiene las reivindicaciones que, por su simplicidad, son susceptibles de desarrollar en la agitación y la propaganda, en el trabajo de formación, organización y orientación de la lucha.
El PROGRAMA establece la comprensión global de la lucha, porque fija las coordenadas en las cuales esta se da, desarrolla y lleva a efecto. Vamos a aclarar este punto poniendo como ejemplo la situación actual del movimiento estudiantil. ¿El movimiento tiene carácter local o nacional? Si de lo que se trata es de una lucha por la defensa de la educación pública en general, esta bastante claro que se trata de un ámbito nacional, y por tanto debe contener reivindicaciones de tal carácter, reivindicaciones claras, sencillas y que desarrollen la conciencia política de estudiantes, profesores y trabajadores, además que de él se desprenden las consignas a emplear. Esto es lo que intentamos establecer en nuestro texto “de la realidad colombiana a la universidad pública…”, en el programa que pusimos a consideración de las organizaciones estudiantiles, de profesores y empleados no docentes de la universidad. Llama la atención que nuestro “crítico” no dice nada sobre el PROGRAMA, que siempre hemos insistido es lo esencial: puede ser que el no haya pensado siquiera uno, pues, hasta donde sabemos, no ha escrito ni defendido nada al respecto; también puede ser que, hasta cierto punto, este de acuerdo con él, y todas sus jeremiadas se deban exclusivamente al asunto del “tropel”. Nosotros nos inclinamos por esta segunda opción, aunque suponemos que, en su “segunda crítica”, indicará algo al respecto.
Las reivindicaciones contenidas en nuestro artículo se caracterizan por eso, por ser claras, fáciles de entender y de defender en la discusión política, e incluso toca claramente el tema que hace llorar como plañidera a nuestro “oponente”: la defensa del movimiento universitario de los embates represivos del Estado. No en vano dice, en el punto 4 de la dimensión dedicada a los derechos democráticos, que: “Por lo tanto, rechazamos: la infiltración de organismos de la policía política (DAS) en las universidades públicas; la admisión de “desmovilizados” del paramilitarismo; la implementación de la seguridad privada; el seguimiento, interceptación, amenazas, y todo tipo de agresiones contra activistas y dirigentes estudiantiles, trabajadores y profesores; la estigmatización del movimiento estudiantil, bajo la modalidad de calificarlo de “terroristas vestidos de civil” y cualquier forma que lo introduzca como actor en el conflicto armado interno; la persecución judicial de profesores y académicos de ideas de izquierda. Igualmente, exigimos garantías políticas para el ejercicio del derecho de organización de estudiantes, profesores y trabajadores.” ¿Se puede ser más claro al respecto? La respuesta la dejamos para los lectores y nuestro “crítico”.
Ahora bien, del hecho de que un programa, de cualquiera que se trate, sea fácil de comprender, de explicar y defender, no se deduce que su desarrollo en la lucha sea un juego de niños. Esta claro que las reivindicaciones económicas a las que apuntamos sólo podrían conseguirse con la lucha más enconada y dura que pueda pensarse, ¡pero esto es inherente a cualquier programa! Por ejemplo, el punto de un impuesto del 50% sobre patrimonios superiores a los 2000 millones de pesos, para financiar un sistema educativo y de salud estatal gratuito, en detrimento del presupuesto de defensa (¡super sic!). Sería una perogrullada decir que es un punto dificil de llevar a la práctica, que implica un movimiento nacional UNIVERSITARIO (no sólo estudiantil) fuerte y cohesionado, apoyado por otros movimientos, como el indígena, el magisterial y el movimiento obrero. Esto último pertenece a la política de alianzas, a que aludiremos más abajo. Por lo que toca a las dificultades, le pedimos a nuestro “crítico” que se lea el programa mínimo de los estudiantes de 1971 y mire si ese también era sencillo de realizar. En todo caso, no hemos dicho en nuestro proyecto de programa que este sea el definitivo, sino que esta abierto a la discusión. Es posible que existan otras propuestas, y siempre estaremos dispuestos a la discusión sobre las mismas.
El punto aquí no está en que el programa sea difícil de llevar a la práctica, sino en que permite un desarrollo de la agitación y la propaganda en amplia escala que nos lleve a aumentar el grado y cualidad del movimiento universitario, y a enlazarlo con el conjunto de las luchas populares. Por eso hablábamos arriba de actitud sustitucionista de algunos dirigentes estudiantiles, que reemplazan la conciencia de los estudiantes atrasados por sus propias ideas, y chocan con estos, debilitando al movimiento estudiantil al que, obviamente(!!!), tratan de ayudar. El argumento de que “las masas toman conciencia de su fuerza y de su poder solo en la medida en que luchan, en la medida en que se unen en la lucha” es verdad, pero no la verdad completa. El PROGRAMA es para eso, para usar esas ideas, explicarlas pacientemente a los estudiantes, profesores, trabajadores y sociedad en general, y de esta forma, cuando ellos comprenden la verdad y justeza de las ideas contenidas en el PROGRAMA, cuando las asimilan y las llevan a la lucha, y “toman conciencia y de su fuerza y de su poder en la lucha”, elevar el nivel del movimiento, en cantidad y cualidad, y hacerlo mas fuerte y cohesionado en la pelea por la educación pública y popular.
Un PROGRAMA permite todo eso y mucho más, si se establece como meta el realizarlo, es decir, el educar políticamente a los estudiantes, profesores y trabajadores, con mucha paciencia y esfuerzo, y se enlazan las luchas en un todo único. Pero, si para satisfacer los propios prejuicios, uno niega que existe una “división en el seno del movimiento estudiantil”, oculta que un sector inmenso del estudiantado no apoya en este momento al movimiento, y se complace vanidosamente en su imaginación fantasiosa, seguro que la necesidad del PROGRAMA y las tareas para llevarlo a efecto no serán tan evidentes.
Es por eso que el PROGRAMA que proponemos al conjunto de las organizaciones estudiantiles adquiere un carácter nacional, y ha sido formulado para tal efecto, porque comprendemos que la dimensión real del problema es estatal, y hacia ese punto hay que apuntar con las fuerzas que se construyen. Pero se presenta un problema con nuestro “crítico”: el no argumenta sobre la situación nacional (ni sobre ninguna en particular, si se lee con atención su texto), sino implícitamente sobre la situación en Medellín y en la UdeA en particular. Miremos de paso esto.
Es indudable que en la UdeA se han hecho cosas importantes, nosotros nunca hemos negado eso. En nuestro articulo sobre la represión al movimiento estudiantil en la UdeA señalábamos la creación de la mesa departamental de instituciones medias y superiores en defensa de la universidad pública, por cierto que aplaudiéndola, y defendiendo a los estudiantes contra los embates coercitivos del Estado. Pero lo que decimos es que sin una orientación clara, programática, de la lucha, difícilmente podrá desarrollarse de una manera que lleve a buen puerto. Ahora, la pregunta es ¿existe un PROGRAMA del movimiento estudiantil de la UdeA? Hasta donde nosotros sabemos, tal cosa no existe, ni se ha planteado.
Cuando los estudiantes de la UdeA salen a marchar, un acto más que legítimo e importante, corean consignas como “presupuesto, presupuesto”. Un transeúnte que pasa por la calle seguramente, al preguntarse “¿Por qué esta marcha?”, entenderá que es por “presupuesto”. Pero “¿en que consiste la reivindicación del “presupuesto”? Más aún, ¿Que entienden los estudiantes en general, los profesores y trabajadores, sobre esto que piden los estudiantes? Si se tratara de una movilización nacional, incluso sin un programa definido, se podría en sana lógica entender la demanda. Pero el hecho es que, en estos momentos, son los estudiantes de Medellín los que están saliendo prácticamente en solitario. Lo cual los halaga antes que desacreditarlos (sic).
Sin embargo, si Medellín se moviliza en solitario por la educación, no se podría pensar mucho en que sus demandas se enfoquen directamente en el Estado, pues una lucha así es una verdadera quijotada, que en literatura enternece, pero en política no ayuda mucho, pues desmotiva a los estudiantes, genera mas divisiones dentro de la universidad y, al no conseguirse resultados, conlleva a la desmoralización. Por ello, la lucha se supone (y así lo hacemos nosotros) que se enfoca en la ciudad, en sus directivas específicamente y, quizás, también en la alcaldía y gobernación, exigiendo a estos gobiernos locales más participación en la financiación de la educación pública. Y bien, volvemos a la pregunta anterior: ¿Cuál es el PROGRAMA?
Sabemos que la universidad tiene un déficit presupuestario de 25.000 millones de pesos, y que está subsanando esto con medidas tales como: disminución de recursos para bibliotecas, demanda del pasivo pensional de los pensionados (recordar año 2004), venta de servicios de extensión etc. ¿Qué se pide a las directivas de la universidad para mejorar la situación financiera de la misma, sin sacrificar a los estudiantes, o su misión institucional, vendiendo proyectos de investigación a empresas privadas, algunas multinacionales? Como nuestro “crítico” no nos ha dicho nada de eso, vamos a hacer un esbozo de medidas concretas dentro de la universidad, una propuesta inicial de PROGRAMA de los estamentos para la universidad en específico.
Primero: traslado del sistema informático de la universidad a software libre. ¿Es una propuesta viable? Claro, porque sabemos que la universidad paga miles de millones anuales por concepto de software privativo, software innecesario, que no constituye más que dinero regalado, en perjuicio de los estudiantes, profesores y trabajadores. Existen experiencias de gobiernos, como el venezolano y brasilero, donde han aplicado software libre, sin ningún problema en la calidad, más bien con mucho ahorro de dinero para el Estado y las universidades. Esta es una medida económica y política, pues conlleva implícitamente la lucha contra las multinacionales del software, y de seguro que una parte muy, pero muy considerable, de los estudiantes de ingeniería la verían con buenos ojos.
Segundo: la universidad cuenta con una planta de puestos administrativos, un verdadero ejército burocrático, que devengan salarios exorbitantes e innecesarios. Que un vicerrector, un secretario o un decano se ganen 10 millones, mientras la universidad se desangra, es un insulto no ya político, sino hasta moral para la comunidad que habita su campus. Exigir, por tanto, una reducción salarial del 50% de los puestos burocráticos de la universidad no estaría nada mal, por tanto, y de seguro que también tendría el aval de una parte importante de la comunidad universitaria. Esta medida también es económica y política, puesto que le abre los ojos a los estudiantes sobre el problema de la burocracia, un verdadero parasito que se alimenta del presupuesto público.
Tercero: se sabe que, alrededor de los proyectos de investigación de la universidad se presentan continuamente casos de testaferrato, de saqueo de los dineros bajo múltiples modalidades, que constituye igualmente una afrenta a los universitarios en sus tres estamentos. ¿Por qué no promover una contraloría universitaria, compuesta por estudiantes, profesores, trabajadores y personal de la administración? Este punto, al igual que los otros, es sumamente fácil de explicar, difícilmente se puede argumentar en su contra, y además representa una medida democrática bastante sana.
Indicamos simplemente estos tres puntos, que de seguro hay muchos más, solo hay que saber leer la situación y sacar las conclusiones. Con ellos, y con los demás que se le ocurran a nuestro “crítico” podría armarse un PROGRAMA específico para el movimiento estudiantil, que eleve el nivel de conciencia y lucha de los tres estamentos y fortalezca al movimiento, a la vez que a sus dirigentes. Claro, el “truco” o la magia consiste en reivindicar siempre, al defender un programa así, que el problema de la universidad es estructural, que remite al Estado de manera directa, y de esta forma, desarrollar la agitación y propaganda a favor de un FRENTE UNIVERITARIO, nacional, triestamentario, que despliegue la lucha en todas sus formas y modalidades, con las “formas de lucha” que las circunstancias determinen (=táctica)
El PROGRAMA, igualmente, determina la política de alianzas del movimiento en cuestión, y lo hace por una razón bastante simple de explicar: porque al determinar el ámbito de la lucha, y la comprensión política de la misma, exige una serie de aliados, de sectores afines a sus reivindicaciones, y estratégicos para la lucha. Esto es algo que, por ejemplo, ha comprendido a la perfección el movimiento indígena, el movimiento políticamente más fuerte, más consciente y organizado del país hoy día. Por eso en su lucha buscan aliarse con los estudiantes, con los campesinos (ellos también lo son, pero con rasgos culturales muy especiales), con los trabajadores, para desarrollar su justa lucha, haciendo llamamientos constantes a la unidad programática y de acción.
Esto que hace el programa, unificar las luchas en una política de alianzas, es tal vez a lo que se refiere nuestro “crítico” cuando habla de que “si bien el sujeto transformador aparece escindido por escenarios de acción, las clases dominantes y sus perros cancerberos hacen todo lo posible por perpetuar esta dispersión y desestructurar por diversos medios el sujeto revolucionario”. El problema es que nunca habla de un PROGRAMA, ni de nada por el estilo, con lo que se (le) hace difícil entender por qué esa “perpetuación de la dispersión y desestructuración de la misma”, de la que somos plenamente conscientes. Precisamente este problema, que al parecer sí le preocupa, pero que no atina a comprender en su dimensión política, es una de las razones que hablan a favor de un PROGRAMA. En la respuesta a su “replica”, que anexamos a este documento, ya le mencionaba uno de nuestros camaradas este punto, por eso vale la cita:
“Un movimiento como el estudiantil, que por su esencia, y más aún en los tiempos del capitalismo global (léase imperialismo), no puede ser más que POLÍTICO, necesita construir un puente hacia las organizaciones populares, hacia la clase obrera, el campesinado, los indígenas. Un PROGRAMA del movimiento estudiantil debería, por tanto, enlazar las reivindicaciones propias del movimiento estudiantil, los derechos democráticos de organización de los estudiantes, profesores y trabajadores, con el conjunto de las demandas populares, y su expresión política, que es lo que consigna el documento de la corriente marxista que puse a consideración: reivindicaciones democráticas, económicas y políticas, como la auditoría sobre la deuda externa o la cancelación de los acuerdos militares y todo lo demás, que usted puede leer en la página de la corriente. Esto es algo que reclamo en el primer texto, cuando alego sobre la necesidad de incluir en un programa las REIVINDICACIONES DE LOS PROFESORES DE CATEDRA, ASÍ COMO LAS DE LOS TRABAJADORES DE LA UNIVERSIDAD Y LOS PENSIONADOS. ¿Por qué? Porque, seamos claros y honestos, el movimiento estudiantil NO PUEDE NI PODRÁ jamás realizar un programa de lucha serio sin articularse con los otros estamentos, bajo un programa claramente delimitado. Es difícil trabajar con los profesores, por su situación especial como clase y sus intereses individuales, eso no se puede negar, pero el peor trabajo es el que no se hace, y los réditos que se pueden tener son excelentes. ¿Por qué no hacerlo? ¿Qué quita y qué da? Y esto que vale para los estamentos de la universidad vale para la relación con los sindicatos, el campesinado y el movimiento indígena.”
A la cita de ese texto no publicado hasta ahora le añadimos esta, del texto “de la realidad colombiana a la universidad pública…”, cita que es, a decir verdad, una de las que más parece preocupar a nuestro “crítico”, cuando se indigna por la afirmación de que la clase obrera no reconoce (concepto hegeliano, pero de importante aplicación en política) los procedimientos estudiantiles como propios, y que puede servir, a la vez, para esbozar el porqué de la fragmentación del “sujeto revolucionario” y el PROGRAMA como articulador del mismo:
“Hoy día no ocurre como en los años sesenta o setenta. La falta de un partido político de masas, presente en las luchas obreras lo mismo que en las estudiantiles, que se presente como el artífice de la coordinación de ambas, donde la universidad sea un espacio de formación de cuadros y activistas para desarrollar las labores de agitación, propaganda, organización y orientación de las luchas políticas del proletariado, ha conllevado a la fragmentación de la lucha en un sinfín de “movimiento sociales”, descoordinados, dispersos, inconexos, cuyos métodos de acción son disímiles, siendo su consecuencia natural el que la clase obrera repela, repudie y no se reconozca en las actividades estudiantiles. Cualquiera que conozca el estado de las luchas sociales en Colombia sabe a que nos referimos: hoy día los obreros ni siquiera gustan de marchar junto a los universitarios, lo consideran un elemento extraño en sus propias manifestaciones, lo cual es sumamente grave, perjudicial, para los estudiantes tanto como para los trabajadores”.
“Obviamente, esto ha sido posible porque el terrorismo de Estado, aplicado sistemáticamente a partir de la política paramilitar, ha conllevado al exterminio del movimiento popular colombiano, prácticamente aniquilando a los partidos de izquierda, y con ello fragmentando las luchas de los sectores sociales. Los obreros, los campesinos, los indígenas y los estudiantes casi no se reconocen entre sí, no se retroalimentan en las acciones comunes, guiados por un programa socialista, marxista, revolucionario, sino que cada uno participa de las peleas de los demás de manera más o menos artificial, con los resultados que estamos describiendo. Esto, sumado al estado general de despolitización de la sociedad, y a la labor de desinformación que llevan a cabo los medios de la burguesía, ha configurado un cerco virtual mediático, con desventaja para el movimiento estudiantil en particular, pero en general para el conjunto del movimiento popular colombiano”. (Las negrillas son nuestras).
Volvemos a repetir: cualquiera que asista a las manifestaciones sabe por experiencia propia a qué nos referimos. Si nuestro “crítico”, en su solipsismo, no comprende esto, nada podemos hacer para remediar el mal de que adolece. Puede que esto sea una verdad guardada bajo siete sellos para él.
Por último, el programa orienta las formas organizativas apropiadas para la lucha, porque la comprensión global que le es inherente explica a su vez las medidas, legales e ilegales, de que debe hacer uso el movimiento para la consecución del mismo, lo cual implica contrastarlo siempre y en cada momento con la realidad mundial, nacional y local, los procedimientos de la represión, la coyuntura, estado de ánimo de las masas(sic) etc. Esto quiere decir que el “análisis concreto de la situación concreta”, la observación dialéctica de la realidad (que “se mueve”) en relación al PROGRAMA orienta el movimiento en sus “formas de lucha” (=tácticas). Pero esto es tema del capitulo que sigue.
Sobre la organización, el despliegue de la conciencia y las formas de lucha. La táctica.
“El arma de la crítica no puede reemplazar, evidentemente, a la crítica de las armas, el poder material ha de ser derrocado por el poder material; pero también la teoría se convierte en poder material tan pronto como se apodera de las masas. La teoría es capaz de apoderarse de las masas cuando argumenta y demuestra ad hominen, cuando se hace radical. Ser radical es coger el problema por la raíz. Pero la raíz para el hombre es el hombre mismo(…)
(…)Cuando el proletariado proclama la disolución del orden universal existente, no hace más que pregonar el secreto de su propia existencia, pues él es la disolución de hecho de este orden universal”
K. Marx. Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel.
Hemos llegado al punto (el único punto) que le preocupa a nuestro “crítico”. En todo su artículo no se lee nada sobre la situación económica por nosotros caracterizada, sobre los procedimientos de la represión que denunciamos, sobre el PROGRAMA, nada de nada. Todo se reduce única y exclusivamente a la cuestión del “tropel” y la “combinación de las formas de lucha”. Hemos de suponer que, o está de acuerdo con todo lo demás, o tiene una fijación especial en este punto. Sea como sea, esperamos que en el transcurso de esta nuestra respuesta se hayan ido aclarando muchas de las “objeciones”, descalificaciones y prejuicios sobre nuestras ideas.
El problema con nuestro crítico es que en su propia incomprensión de nuestras posiciones, que aquí intentamos aclarar in extenso, confunde una cosa con la otra de manera reiterada, y da unos saltos en la interpretación realmente osados, bastante dignos de la dialéctica escolástica. Es así que afirma: “Cuan similar resultan estos planteamientos al de Uribe cuando dice: “A la Unión Patriótica la mataron porque combinaba las formas de lucha””. Debido a esta “sutileza”, tendremos que tocar aquí múltiples aspectos de táctica, acerca de la misión de toda organización política de izquierdas(sic), sentido de la “combinación de las formas de lucha”, la legalidad e ilegalidad de las mismas y cómo se combinan y, por último, el sentido del blanquismo y/o putchismo en el marxismo, tema este que preferiríamos no tocar, pero al que nuestro “oponente” nos arrastra inevitablemente. Veamos pues.
Los artículos implicados en esta polémica tratan, como asunto secundario, el de la inconveniencia del “tropel” como método de lucha en este momento, dada una serie de factores que en ellos se enuncian, especialmente en “de la realidad colombiana a la universidad pública…”; factores asociados al nivel de desarrollo en la conciencia de los universitarios, a sus tradiciones políticas de lucha, a los procedimientos de la represión, al estado de despolitización de la opinión pública etc., elementos todos estos que, en sana lógica política y dialéctica, deberían ser considerados. En vez de eso, nuestro “crítico” hace una generalización maravillosa de los argumentos esgrimidos y los transforma juicios contra la insurgencia a priori, sin que medie la mas mínima consideración, ni teórica, ni histórica. Con ello, lo que hemos escrito sobre el movimiento estudiantil, en tanto que ámbito gremial, ha sido trasplantado a la cuestión sobre la insurgencia, esto es, al ámbito político. Abordemos pues el asunto alternativamente de lo político a lo gremial, para ir desgranando todos los problemas que aquejan como males el cerebro de nuestro “crítico”.
Todo partido u organización política que se precie de tal, lo hace en virtud de que aspira a representar los intereses de una clase de las múltiples que componen la sociedad burguesa (burguesía, pequeña burguesía, terratenientes, campesinos pobres, obreros, cada uno en sus variados matices). En el caso de un partido que se asuma como revolucionario en las actuales condiciones de dominación del capitalismo, esto es, de un partido socialista, esta claro que representa los intereses de la clase obrera en su lucha por el socialismo y el comunismo, por la disolución de todo orden de dominación. Para ello, dicho partido debe aliarse, además, con las clases y sectores que le son afines, tales como, en nuestro caso, los proletarios agrícolas, los campesinos pobres, indígenas, estudiantes y sectores de la pequeña burguesía radicalizados. Esto es un abc de marxismo, que de seguro se comprende fácilmente. ¿Cuál es la misión de un partido así? A decir de Lenin:
“El partido socialdemócrata de Rusia proclama como misión suya cooperar a esta lucha de la clase obrera rusa desarrollando la conciencia de clase de los obreros, contribuyendo a su organización y señalando las tareas y los objetivos de la lucha”
Más claro que como lo explica Lenin en la cita no se podría decir. Mutatis mutandis, la misión de toda organización revolucionaria consiste en la formación, organización y dirección de la clase revolucionaria, para su emancipación social. Para ello, el partido desarrolla una amplia, extensa y paciente labor de agitación y propaganda que, a decir nuevamente de Lenin, en el “¿qué hacer?”, constituyen las nueve décimas partes de la tarea de un partido revolucionario (¡super sic!). Y, la única manera de hacer esto es partir del estado de conciencia atrasado, reivindicativo, gremial, para elevarlo al nivel de la conciencia política, de la lucha de clases. Una organización política o, para el caso estudiantil, no puede ni debe en ninguna circunstancia sustituir el nivel de conciencia política de las masas por su propio estado de conciencia. Desafortunadamente, esto es a lo que estamos acostumbrados respecto de ciertas organizaciones estudiantiles “vanguardistas”, a que desplacen, ignoren y sustituyan la conciencia de las masas por sus propios prejuicios, y enarbolen “el tropel” (ad hoc) como método de lucha, sin antes haber elevado el nivel de conciencia del estudiantado, y a que el señalamiento del error se convierta en una acusación de ser “agentes pagados por el Estado”.
¿Por qué la formación, el desarrollo de la conciencia política, constituye la primera y más importante de las labores de toda organización política? Porque la conciencia no se haya elaborada completamente en la cabeza de los obreros, o de los estudiantes, que se alzan en el acto a la lucha, como podría surgir Atenea del cerebro de Zeus, completa y armada. Y sin conciencia no hay lucha política, sino actos de rebeldía, o en el mejor de los casos, motines (piénsese en el Bogotazo). El político socialista, o revolucionario, no busca en cada ocasión un pretexto para lanzarse a una lucha irracional, sin resultados posibles, sino que educa, politiza, forma, a la clase o al sector, de manera paciente, para que su desarrollo los convenza de la necesidad de ir a la lucha, de pertrecharse con un PROGRAMA de reivindicaciones claras, y a desarrollar el combate con determinadas “formas de lucha”, según las múltiples condiciones lo determinen. Esto es una verdad guardada bajo siete sellos para nuestro “crítico”.
A pesar que la exposición que esbozamos aquí, por cuestiones de espacio, debe ser muy apretada y sintética, casi para dummies, creemos haber sido claros en esto. La formación, el desarrollo de la conciencia, su elevación, es lo primordial. Pero como la conciencia no se desarrolla por generación espontánea, se necesita espolearla, excitarla, influirla, y para ello son precisas dos cosas: un PROGRAMA de reivindicaciones que enlace el conjunto de las demandas concretas con la situación política (y la concomitante política de alianzas a que conlleva), y un aparato de agitación y propaganda para difundir ese PROGRAMA, para explicar nuestras ideas y argumentos al conjunto de la clase o sector social, para influir, desarrollar, elevar la conciencia de la misma y aumentar sus fuerzas en la lucha política. ¡He ahí una diferencia esencial con nuestro crítico, que acusa a los estudiantes indiferentes de “hijos de papi y mami” y de “burgueses”! El arcano se desvela, el telón cae, y el rey queda desnudo.
Por ejemplo, aplicado al caso del movimiento estudiantil, se necesita de un órgano de difusión, de una REVISTA, donde un tentativo PROGRAMA se pueda explicar, donde se publiquen artículos sobre la coyuntura universitaria, desde sus aspectos económicos, políticos, sociales, desde el punto de vista de la clase obrera, cuyos hijos son los primeros afectados por la privatización de la educación superior etc. Una revista de amplia difusión, para la comunidad universitaria y los trabajadores, que propenda por la unidad de las luchas, para romper la “fragmentación del sujeto transformador” de que nos habla nuestro “juez”. Desafortunadamente, hasta ahora no conocemos un intento de ese tipo, porque en general, las organizaciones estudiantiles no escriben, por x o y razón. Es un punto fundamental y un consejo bastante sano, nada malintencionado, en el que estaríamos gustosos de colaborar.
Pero además, se debe ser consiente que el grado de desarrollo del movimiento estudiantil, como el de la sociedad en general, no evoluciona linealmente, de manera ascendente, sino que tiene zig zags, gira dialécticamente, da saltos. En ocasiones se estanca, por efecto de las condiciones económicas, políticas, ideológicas imperantes; a veces irrumpe explosivamente, asciende de manera vertiginosa, como es el caso de la actual coyuntura universitaria, una coyuntura que vistas las tendencias de la economía global y nacional, y la manera en que repercute sobre la agenda económica de la oligarquía en el poder, tiene visos de continuar durante un lapso de tiempo muy prolongado. Es por eso que hemos elaborado nuestra propuesta de un FRENTE UNIVERSITARIO, tomando el pulso al desarrollo del país y de la educación pública, preparándonos para los tiempos que se aproximan aceleradamente, e intentando con el debate impulsar a las organizaciones a que se preparen, en la misma medida en que intervienen en el movimiento, en su desarrollo.
Como nuestro “crítico” no entiende esto, como no se fija en el carácter dialéctico del desarrollo social, movido por sus estructuras económicas y por la situación mundial que “se mueve”, no atina tampoco a entender esos saltos que se dan en el movimiento estudiantil y popular, y apela a la manida interpretación de: “hay flujos, hay reflujos, hay flujos, y nuevamente reflujos”. Sí, definitivamente para nuestro crítico esto esta más allá de los “límites de la experiencia posible”, del mundo fenoménico al cual puede acceder por obra y gracia, no del espíritu santo, sino de su “apercepción trascendental (Kant). Pero el hecho es: ¿Cuál es la táctica de una organización política, y estudiantil, respecto a estos “flujos y reflujos”? Volvamos a Lenin:
“La táctica del proletariado debe tener en cuenta, en cada grado de su desarrollo, en cada momento, esta dialéctica objetivamente inevitable de la historia humana; por una parte, utilizando las épocas de estancamiento político o de la llamada evolución “pacífica”, que marcha a paso de tortuga, para desarrollar la conciencia, la fuerza y la capacidad combativa de la clase avanzada; y por otra parte, encauzando toda esa labor de utilización hacia la “meta final” del movimiento de esta clase, capacitándola para resolver prácticamente las grandes tareas al llegar los grandes días “en que se condensen veinte años”” (Las cursivas son nuestras).
Bien, ya hemos explicado en líneas generales la cuestión de la finalidad de toda organización política o gremial, el desarrollo de la conciencia y la táctica global del movimiento. Pero aún falta por mirar como esa táctica se desarrolla en concreto, en los métodos de lucha, según las condiciones históricas dadas. Por lo pronto, entendiendo que la conciencia no se desarrolla linealmente, que el movimiento estudiantil o popular no puede contar con una conciencia política “químicamente pura”, sino que debe desarrollarla, aguijonearla, elaborarla, se hace manifiesto, ya de entrada, nuestra posición frente al asunto del “tropel” como método de lucha en general. Lo que nosotros criticamos, en primer lugar, es que se impone un método de lucha que no se corresponde el estado de conciencia del estudiantado, que en su amplia mayoría es apático, no porque no le interese la universidad pública, no porque este “idiotizado” así, sin más, por los medios de comunicación, sino porque no encuentra claras las razones de la lucha estudiantil, y algunas organizaciones no se preocupan por hacérsela clara, sino que chocan frontalmente con los estudiantes, promoviendo su apatía, por efecto de fricción, para decirlo en términos físicos.
Muchos estudiantes se hallan, más bien, en estado latente frente a la lucha: esperan razones, motivos, argumentos, no son indiferentes, pero tampoco gustan de “perder su tiempo”, de moverse en un clima de agitación que no comprenden, que les es extraño. Miremos las asambleas tales como son ahora: los estudiantes, al principio de cada coyuntura, llegan a los sitios de reunión, curiosos, interesados en saber “qué se dice”, y se sientan a escuchar y observar, a analizar lo que en ellas se comenta, a contrastarlo con su propia experiencia. Pero después de dos horas de agotantes “informes”, después de pasar esperando discusiones candentes, de argumentos claros, de ideas justas, irrebatibles, la monotonía les convence de la inutilidad de la asamblea, de la falta de razones, y se van, tan rápido como llegaron. Tal vez nuestro “crítico” no quiera reconocerlo, pero en este caso no vamos a referirnos a él, sino al lector honrado, que ha pasado por esta experiencia, que conoce el mecanismo asambleario actual, y apelamos a su buena fe para sacar las conclusiones pertinentes. Tanto es así, que muchos de los propios dirigentes estudiantiles no van a las asambleas (¡super sic!), sino que se informan por terceros de lo que en ellas sucede. Sabemos que muchos no estarán de acuerdo con esto, pero primero deberían examinarse a sí mismos, a ver si no son de los que caen e este tipo de prácticas.
Empero, esto casi nunca mueve al debate, rara vez genera reflexiones en algunos dirigentes y organizaciones, más bien los lanza al choque con sus propios compañeros. No han sido pocas las veces en que hemos visto a estudiantes consientes quejarse de la apatía de los demás, de los estudiantes atrasados, en estos términos: “sólo van a aplaudir”. E incluso, en varias oportunidades, dentro de las propias asambleas, estudiantes consientes se van lanza en ristre contra estos compañeros, casi insultándolos por su “falta de comprensión” de la razones de la lucha. Pero: ¿que tanto de responsabilidad nos cabe en ello? Y decimos nos, porque no somos inmaculados, y no queremos echar la responsabilidad sobre el conjunto de las organizaciones o dirigentes. Nada de eso. Por el contrario, en un acto de autocrítica es que hemos elaborados los documentos que han generado el debate, partiendo de un estudio lo más acabado posible del marxismo, intentando desentrañar estas complejas cuestiones, e invitando en los opúsculos a hacer lo mismo a otras organizaciones, honradas, que se esfuerzan por comprender la enmarañada red de problemas que debilitan el movimiento estudiantil. Resulta muy paradójico el que nuestro “crítico” afirme que nosotros responsabilizamos a las organizaciones estudiantiles de las acciones represivas del Estado, revictimizandolas, porque si se mira bien, encontramos que esto es precisamente lo que él hace frente a los universitarios inconscientes: ¡los culpa de su propia inconciencia!
Frente a este problema, que a nuestro entender es bien importante, cuando decimos que el tropel no educa, no desarrolla la conciencia política del estudiantado, ¿que responde nuestro “crítico”? Dice lo siguiente: “¿Que no educa? Por supuesto que si, educa en la pelea, en el choque, al calor del tropel; aquí se aprende química, gimnasia, baile, teatro, música, conspiratividad, se aprende principios de la guerra, se aprende a sumar, a restar, se aprenden ecuaciones, se aprende de política, de derecho, etc, etc, etc…”. Eso es lo que piensa nuestro “crítico”, y no en broma. El lector sacará sus propias conclusiones. En cierta ocasión, durante una manifestación estudiantil en noviembre, escuchamos a un compañero decir “es que si no hay llorada (gases lacrimógenos” no sirve”. ¡Esa es exactamente la manera en que plantea la cuestión nuestro “oponente”, el quid de su “polémica”!.
También se nos “critica” que “queremos circunscribir las luchas al plano legal”. Siguiendo a Cannon, y a Lenin, las formas organizativas son secundarias respecto a la línea política. La tarea de una organización consiste en la formación, organización y orientación de la lucha, por ese orden. Veamos pues el problema de los métodos de lucha en relación con el desarrollo de la conciencia, como problema derivado, pero que adquiere relevancia según se desenvuelve la conciencia de clase y/o política.
La táctica, como nuestro “crítico” sabrá, consiste en un plan de acciones encaminadas a la consecución de un fin, en una serie de actividades que, progresivamente, nos acerca a la meta deseada. En una organización política, lo mismo que en la vida individual, es esto cierto. Luego, si el objetivo de una organización revolucionaria es, por antonomasia, la toma del poder político en función de un PROGRAMA, la táctica-plan se corresponderá con el fin deseado, en tanto que lo aproxima a él. A esta serie de acciones sujetas a plan, en el escenario político (de partido o gremio) se les puede denominar “formas de lucha”. Empero, en esto como en todas las demás cosas, el marxismo parte siempre de una consideración histórica, dialéctica, de la táctica, una mirada de la misma desde el punto de vista de su desarrollo. ¿Qué factores se tienen en cuenta a la hora de considerar el uso de “formas de lucha”? Factores económicos, políticos, ideológicos, consuetudinarios, nacionales etc.
Verbigracia: en 1848 Marx y Engels, en el manifiesto comunista, defendían las barricadas como método de lucha para la conquista del poder político. Luego, en el prefacio de Engels de 1895 a “la guerra civil en Francia” de Marx, y teniendo en cuenta consideraciones técnicas sobre el desarrollo de las milicias profesionales, y la experiencia electoral del partido socialdemócrata alemán, defendió la posibilidad de una vía parlamentaria al socialismo. Finalmente, en 1918, en el congreso de fundación del PKD alemán, Rosa Luxemburgo, revisando la experiencia de 70 años de lucha post manifiesto comunista, actualiza nuevamente la posibilidad de una insurrección armada, siguiendo el ejemplo bolchevique, y el nuevo tipo de poder estatal representado en los soviets. He aquí una descripción, grosso modo, del cambio histórico-dialéctico de formas de lucha, en relación a múltiples variables, que se escapan del control de cualquier organización.
Pero podríamos llevar la cuestión a un punto de vista mucho más profundo aún, observando que, desde la perspectiva de toda organización política o gremial, la elección de las formas de lucha se realiza en base a las consideraciones sobre el desarrollo de la conciencia política, y a cómo esta se manifiesta en un aumento cuantitativo y cualitativo de la lucha, en una consolidación de la organización para el fin a que aspiramos. Estas consideraciones nos permiten abordar, simultáneamente, el asunto de la insurgencia y su conexión con el movimiento popular, y el del “tropel” como medio de lucha.
Nuestro crítico, en su primera respuesta (oculta por propia vergüenza) a un artículo nuestro, nos objeta que dejamos de lado la violencia como fin de la historia, y para ello afirma: “Quién con mas descaro y cinismo critica la violencia, si aun me basto a mi mismo para recordar que: con violencia nos colonizaron, que con violencia gritamos independencia, y que hoy día, sobreponiendo por encima del discurso la vida seguimos estudiando y actuando, no como ustedes quieran que lo hagamos, sino como mi razón, esa que no trasciende mas allá de la experiencia, como lo expone Kant, me dicta la consecuencia del desespero, y la legitimidad del acto de un humano, por ser eso, acto humano ¡razón de humano!” (Ver documento anexo). Nuestra respuesta a sus jeremiadas consistió en mostrarle que una cosa era la violencia principio motor de la historia, y otra como método (=táctica). Por eso, en su momento, nuestro camarada le respondió:
“La violencia es un principio motor de la historia, o su “partera”, si usted prefiere decirlo con Marx, y no dar giros retóricos constantes con Spinoza, Sócrates et. al. Pero lo que opera como PRINCIPIO no vale necesariamente como MÉTODO. El punto de discusión aquí parte del hecho de que una masa grande de estudiantes y profesores no apoyan el movimiento estudiantil, y la pregunta que le subyace es ¿por qué? Es decir, de lo que se trata es del problema de la FORMACIÓN, ORGANIZACIÓN Y ORIENTACIÓN de un movimiento universitario, de alcance local y nacional, que pueda llevar adelante y de manera victoriosa una lucha contra el estado oligárquico en que vivimos y que nos sojuzga. La cuestión es, entonces, la siguiente: ¿el tropel es un medio de FORMACIÓN, ORGANIZACIÓN Y ORIENTACIÓN de tal movimiento? He aquí el punto, concreto, y no la otra discusión abstracta sobre el papel de la violencia en la historia. Que yo sepa, Marx no organizaba tropeles en Inglaterra en 1850, pero cuando las barricadas sobrevinieron COMO insurrección, el estuvo presente. Es decir, en la labor de FORMACIÓN Y ORGANIZACIÓN del movimiento no hizo uso de los tropeles, pero EN EL MOMENTO DE LA DISPUTA tomó partido, y usted tanto como yo sabemos a favor de quien. Igualmente, no conozco que Lenin haya organizado tropeles en la universidad de Kiev, Mao en la de Shangai, Fidel en la de la Habana y así un larguísimo etc. Que yo sepa, el método de formación que usaron fue la AGITACIÓN Y PROPAGANDA, una propaganda no exenta de feroces críticas, a izquierda y derecha, a los unos por su alineamiento con las burguesías y oligarquías, a otros por su “aventurerismo”. Para la formación hicieron uso de una extensa e implacable labor de crítica a todos los adversarios, aunque, hay que decirlo también, LA CRÍTICA DE LAS POSICIONES IZQUIERDISTAS NO OLVIDABA EL RESPETO POR ESTAS AGRUPACIONES. Y de eso se trataba mi discusión, yo respeto los compañeros que desarrollan tales actividades, y les respeto aun más su iniciativa en las asambleas; lo que pongo a discusión es su EFECTIVIDAD en cuanto a las labores de formación y organización”. (Documento anexo)
Como se ve, está perfectamente claro en orden a qué polemizábamos sobre la cuestión del tropel, en orden al desarrollo de la conciencia política en el estudiantado. Pero aún queda mucho por decir a este respecto. En efecto, volviendo a Lenin y sus consideraciones sobre táctica y la “combinación de las formas de lucha”, encontramos TRES momentos históricos distintos en que él se pronunció sobre este tema, todos bastante claros: uno, en su polémica con los socialistas revolucionarios (1902) sobre, entre otras cosas, el uso del terrorismo individual (que nada tiene que ver con la propaganda burguesa actual) como medio de formación y organización de la lucha de clases revolucionaria. El segundo, sobre la guerra de guerrillas que se desarrolló en Rusia, principalmente en el báltico, durante los años 1906-1908. Y el tercero, en su texto “la enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo”, de 1919. Vamos a reproducir aquí tres citas de cada uno de esos momentos, para saldar de una vez por todas esta “polémica”.
a) “Porque incluyendo en su programa el terrorismo y preconizando este como medio de lucha política en su forma actual, los socialistas-revolucionarios causan con ello el más serio daño al movimiento, destruyendo la ligazón indisoluble de la labor socialista con la masa de la clase revolucionaria. No hay aseveraciones verbales ni juramentos que puedan refutar el hecho indubitable de que, el terrorismo actual, tal como lo emplean y lo preconizan los socialistas-revolucionarios, no está en relación alguna con el trabajo entre las masas para las masas y junto a las masas, que la organización de actos terroristas por el partido aparta a nuestras extremadamente escasas fuerzas organizadoras de su difícil, lejos aún de estar cumplida, tarea de organización del partido obrero revolucionario, que de hecho, el terrorismo de los socialistas-revolucionarios no es sino una lucha cuerpo a cuerpo condenada plenamente por la experiencia histórica. Incluso los socialistas extranjeros comienzan a turbarse de la vocinglera predica del terror que realizan ahora nuestros socialistas-revolucionarios. Y en las masas obreras rusas, esta predica no hace más que sembrar dañinas ilusiones como las de que el terror “obliga a las gentes a pensar políticamente aun en contra de su voluntad (Revoliutsionnaya Rossia, N.7, pag.4) o de que “con más seguridad que meses de propaganda oral, es capaz de cambiar la opinión… de miles de su actividad “, o de que el terror es capaz de “infundir nuevas fuerzas en los vacilantes, desalentados y derrotados por el triste fin de muchas manifestaciones” (lugar citado), etc. Estas dañinas ilusiones no pueden conducir más que a la rápida decepción y al debilitamiento de la labor de preparación del ataque frontal de las masas contra la autocracia”. (Negrillas nuestras, cursivas de Lenin)
b) Se dice que la guerra de guerrillas aproxima al proletariado consciente a la categoría de los vagabundos borrachines y degradados. Es cierto. Pero de esto sólo se desprende que el partido del proletariado no puede nunca considerar la guerra de guerrillas como el único, ni siquiera como el principal procedimiento de lucha; que este procedimiento debe estar subordinado a los otros, debe ser proporcionado a los procedimientos esenciales de lucha, ennoblecido por la influencia educadora y organizadora del socialismo. Sin esta última condición, todos, absolutamente todos los procedimientos de lucha, en la sociedad burguesa, aproximan al proletariado a las diversas capas no proletarias, situadas por encima o por debajo de él, y, abandonados al curso espontáneo de los acontecimientos, se desgastan, se pervierten, se prostituyen (…) La socialdemocracia no conoce procedimientos de lucha universales que separen al proletariado con una muralla china de las capas situadas un poco más arriba o un poco más abajo de él. La socialdemocracia emplea, en diversas épocas, diversos procedimientos, rodeando siempre su aplicación de condiciones ideológicas y de organización rigurosamente determinadas*. (Las negrillas son nuestras)
c) El boicot de ls bolcheviques al “parlamento” en 1905 enriqueció al proletariado revolucionario con una experiencia política extraordinariamente preciosa, mostrando que en la combinación de formas de lucha legales e ilegales, parlamentarias y extraparlamentarias es, a veces, conveniente y hasta obligado saber renunciar a las formas parlamentarias (…) Hoy, cuando se considera de manera retrospectiva este periodo histórico terminado por completo, cuyo enlace con los periodos posteriores se ha manifestado ya plenamente, se comprende con singular claridad que los bolcheviques no habrían podido conservar (y no digo ya afianzar, desarrollar y fortalecer) el núcleo del partido revolucionario del proletariado durante los años 1908-1914, sino hubiesen defendido en la más dura contienda la combinación obligatoria e las formas legales de lucha contra las ilegales, la participación obligatoria en un parlamento ultrarreaccionario y en una serie de instituciones regidas por leyes reaccionarias (mutualidades, etc.). (Negrillas nuestras, cursivas de Lenin)
Aparentemente existe cierto grado de contradicción entre las tres citas de Lenin, y, también al parecer, nuestro “crítico” podrá decir con tono de satisfacción: “y bien, ahí lo veis, a Lenin hablando de la combinación de las formas de lucha”. Pero, ay, que distancia encontramos de la genialidad de un Ilich a la corteza de miras y la vulgaridad de interpretación de nuestro “crítico”. Porque, ¿Qué media entre estas tres afirmaciones de Lenin? El tiempo histórico, es decir, el desarrollo cuantitativo y cualitativo del partido y de la lucha de clases revolucionaria. Para Lenin, el desarrollo de las formas de lucha se hallaba en relación directa con el desarrollo de la conciencia de clase del proletariado, y en relación dialéctica con el tiempo histórico y las tareas que de el emanaban. No en vano, nuestro “crítico” sabe (o debería saber) que el texto de la guerra de guerrillas fue escrito en 1906, ¡en medio de un proceso revolucionario, donde la huelga económica se había transformado en política, y esta en insurrección de masas! Y suponemos, también sabe que Lenin consideraba que la derrota de diciembre de 1905 era una interrupción del proceso revolucionario, que prontamente tendría su segundo acto, por lo que consideraba la guerra de guerrillas como un preludio preparativo del mismo. Es por eso que, en el segundo documento, siempre Lenin habla de la guerra de guerrillas, de la participación del partido en ella, en vista al momento de insurrección que se vivía en Rusia, momento marcado por el cenit del movimiento huelguístico del proletariado. Como dice el evangelio: “quien tenga ojos que vea, quien tenga oídos que oiga”…y quien tenga entendimiento, que entienda.
Pero aún hay algo más, que cierra el “debate” con nuestro “crítico”: la legalidad e ilegalidad de las formas de luchas tiene que ver con la legislación y el orden represivo del Estado, en sus aspectos formal y material. Cuando Lenin habla de “combinar” (la mayoría de las veces habla de sucesión, no de combinación) las formas de lucha legales e ilegales, ¿a qué se refiere? A que las acciones de agitación, propaganda y organización de la clase obrera eran ilegales en la Rusia zarista. Durante el régimen autocrático, la creación y difusión de periódicos socialistas, la conformación de partidos, la declaratoria de huelgas, la creación de cajas obreras etc., eran consideradas actividades ilegales. Por el contrario, a partir de la revolución de 1905 y la creación de la duma, el parlamento era una instancia legal, además de poderse editar periódicos si se tenía el tacto para evadir la censura (usando un lenguaje “a lo Esopo”, como decía con amargura Lenin). Cuando Lenin se refiere a “combinar” las formas de lucha, se refiera a utilizar simultáneamente el parlamento y la prensa legal (con el lenguaje figurado implícito en ello), además de las tareas ilegales de prensa genuinamente bolchevique, la creación de sindicatos ilegales, organizar huelgas (piénsese en la huelga de los corteros de caña de octubre de 2008) etc. Y es esta misma crítica la que le hace a los aventureros revolucionarios y sectarios alemanes y holandeses. Naturalmente, no les criticaba el armar guerrillas, porque eso no estaba sucediendo en aquel momento. ¿Será que la chispa enciende la llama en el entendimiento de nuestro crítico? Sólo el tiempo lo dirá.
¿Qué tiene esto que ver con el caso colombiano, con la propaganda burguesa y los argumentos de José Obdulio y Uribe, que nuestro “crítico nos acusa de “seguir” o “extender”? Eso lo dejamos para que cada lector saque sus conclusiones. Pero a nosotros nos interesa subrayar aquí algo: si el marxismo trata la cuestión de los métodos de lucha dialécticamente, en lo que respecta a nuestro país nos toca otro tanto; y tomando en consideración el conflicto social y armado que se vive, es claro que no es posible, ni deseable (¡super sic!), una entrega y/o desmovilización de la insurgencia. Esta tesis de la entrega, que nosotros no hemos escrito en ninguna parte, sino que sale de la loca imaginación de nuestro “crítico”, sería insostenible para cualquier persona que asuma un marxismo consecuente. Y no porque estemos hablando aquí de un momento insurrecional, como el que tenía Lenin en mente, ni porque la “combinación de las formas de lucha”, tal y como la entiende nuestro crítico (que no tiene nada que ver con la postura de Lenin), dicte la necesidad de usar la lucha armada como método para la consecución del poder. Por ninguna de estas dos razones es imposible plantear una desmovilización de la insurgencia, sino por las condiciones materiales de la represión, que hacen imposible ese transito. Nuestra postura no tiene nada que ver con el Estado, como lo dice nuestro “crítico” (una forma de defensa tan ridícula que no sabemos como es que no le da vergüenza escribir semejante desfachatez), pero tampoco es acrítica sobre el estado actual de la organización política ni, mucho menos, con la forma en que se aborda el “tropel”, que era el único asunto a que nosotros nos remitíamos en los textos pasados. En fin, nosotros estamos por la solución política del conflicto armado colombiano, como no puede ser de otra manera.
Vamos a hacerle un favor a nuestro “crítico”, señalándole un caso donde esta idea suya de “la combinación de las formas de lucha” se aplicó con gran maestría, y que valdría ser analizado multilateralmente: el PRT-ERP argentino. Estar organización “combinó” las formas de lucha, y de hecho, además del partido y el ejercito, fundó el frente amplio y por el socialismo (FAS) en 1974, la junta de coordinación revolucionaria (JCR), con el MIR, los tupamaros y el ejército de liberación nacional boliviano; además, desarrolló bajo su seno experiencias artísticas como el teatro América, el grupo cine de la base (Haroldo Conti y Raymundo Gleizer) y otras muchas cosas. Y, en medio de todo eso, se daba el lujo de sacar, para el combatiente (el periódico del partido) 20.000 ejemplares semanales, para estrella roja (la revista del ERP) 30.000 ejemplares quincenales, y para el diario EL MUNDO, su periódico legal, ¡100.000 ejemplares diarios! No en vano contaba con intelectuales de la talla de Silvio Frondizi, Haroldo Conti, Rodolfo Ortega Peña, Jorge Santoro etc. A decir verdad, ¡el 70% del presupuesto de la organización se destinaba a la propaganda! Las comparaciones son odiosas, pero si nuestro “crítico” quiere comparar, más allá de los lamentos sobre este valle de lágrimas que es Colombia, pues no le caería nada mal que leyese un poquito sobre experiencias como esta.
Por tanto, o Lenin se contradecía cuando hablaba de “la combinación de las formas de lucha” en sus textos sobre táctica, o existen dos ideas sobre esto, una propia del marxismo, y otra salida de los zócalos imaginativos de nuestro “crítico”. Nosotros pensamos que se trata de lo segundo, claro está. Y esto no tiene nada que ver con la “reducción de la lucha popular al campo legal”, ni con practicar “seguidismo” frente a las posturas de Uribe y Jose Obdulio, como hemos intentado aclarar. A decir verdad, un examen atento de las condiciones en Colombia exige el uso de la ilegalidad en varios aspectos, no como lo quiere ver la mente estrecha del “crítico”, sino en otra vía.
Si analizamos el caso de la organización sindical en Colombia, por ejemplo, veremos que esta no llega al 5% del total de los trabajadores, lo que es responsabilidad directa del Estado, que a través del ministerio de la “protección social” se encarga de sabotear los intentos de sindicalización de los trabajadores. La organización obrera, de hecho, se haya ilegalizada en nuestro país, y un trabajo en este sector (¡el más importante a nuestra manera de ver!) implica trabajar en condiciones de ilegalidad. Porque, si nuestro “crítico” quiere ver más allá de la aldea vanidosa que es la universidad (por lo menos la que él tiene en mente), se dará cuenta que una gran masa de la clase obrera de este país trabaja por cooperativas asociadas de trabajo, que son explotadas en condiciones semejantes a las del siglo XIX, condiciones que lo hacen apto para la lucha de clases mas encarnizada contra la burguesía en el poder. Los trabajadores “flexibilizados” constituyen ya más del 70% de los que laboran en las grandes fábricas, y a menos que se haga abstracción de la clase obrera, es imposible destrabar el marasmo político del país sin mirar a ellos, y por tanto, sin trabajar bajo condiciones de ilegalidad, en la formación, organización y orientación de la lucha obrera proletaria de estos “sujetos transformadores”. El caso de los corteros de caña del valle del cauca es el ejemplo más claro del potencial revolucionario de esta categoría de obreros. Por cierto que, cuando estalló el conflicto de los corteros, vimos algunas manifestaciones “tropeleras” a su favor, manifestaciones, que, no nos cabe duda, ni siquiera sabían de que iba la cosa. En fin…
Se comprenderá ya, creemos, el segundo aspecto de nuestra crítica al tropel, que consiste en que este no es una expresión política del desarrollo de la conciencia en los estudiantes, sino una manifestación superpuesta a ellos. Volvemos al asunto del “tropel” como principio y como método. En un proceso de desarrollo político de los estudiantes, con un PROGRAMA, un aparato de agitación y propaganda y un trabajo paciente, el conjunto de los estudiantes universitarios se elevaría plenamente, de una forma reivindicativa a una política, y en el aprendizaje vivo, en la experiencia, muy posiblemente recurrirán al tropel como mecanismo de AUTODEFENSA frente a los embates represivos del Estado.
Cuando un movimiento estudiantil de masas formado, con plena conciencia de las reivindicaciones, de la necesidad de unificar las luchas con el movimiento popular por la transformación social, sale a la calle a reclamar sus reivindicaciones, y se enfrenta con el autoritarismo policivo del Estado, este movimiento, por su propia experiencia, y no por el sustitucionismo de organizaciones de vanguardia, concluye la necesidad de defenderse, y surge el tropel, no como un acto-espectáculo premeditado de unos cuantos, sino como una expresión política de masas, como una “forma de lucha” que surge espontáneamente de la experiencia viva de los estudiantes. Hay aquí una diferencia cualitativa tan enorme, que no necesitamos profundizar en ella, aunque nuestro “crítico”, de seguro, no entenderá, como en general no entiende de nada. Precisamente esto es lo que analizamos brevemente en el texto “de la realidad colombiana a la universidad pública…”, cuando bosquejamos históricamente la relación estudiantes-trabajadores-tropel.
¿Existe un ejemplo vivo de lo que ilustramos? Claro que existe: el movimiento indígena. Es por eso que uno de nuestros camaradas, en replica a nuestro “crítico”, le hablaba de la minga, replica que nuestro “crítico” se ha callado una vez más, de seguro que por vergüenza. Reproduzcamos pues la cita:
“Sobre el tropel en sí mismo, como MÉTODO, y no entreverado inconsistentemente con aquello de la violencia como principio de la historia, vale decir: el tropel es un MEDIO LEGÍTIMO DE AUTODEFENSA, ahí estamos claros; pero SÓLO UN MEDIO. El caso que salta a la vista por su misma obviedad es el de la minga indígena: ¿acaso ellos no tropelean? pero, ¿bajo qué formas lo hacen, por qué motivos? Que yo sepa, y me perdona usted mi ignorancia, el trabajo de FORMACIÓN Y ORGANIZACIÓN políticas los indígenas los llevan de una manera, y usan “vías de hecho” que son legítimas, como las tomas de tierras, pero el tropel, en sí mismo, no es un medio de FORMACIÓN, ni un PRINCIPIO, sino un MÉTODO DE AUTODEFENSA. Por tanto, NO ESTOY EN CONTRA DE LOS TROPELES EN SÍ, SINO DE QUE SEAN UNA POSICIÓN DE PRINCIPIOS, alejados como están de una realidad política que los niega. No sé si usted entiende mi posición, pero créame que estoy haciendo un esfuerzo grande por ser claro y distinto, como las ideas en Descartes”. (Documento anexo)
Creemos que con esto se cierra la “discusión” sobre el “tropel”, en los dos sentidos por nosotros mencionados, sobre el sentido de “la combinación de las formas de lucha” en Lenin, que nada tiene que ver con la que piensa nuestro “crítico”, sobre la “ilegalidad y legalidad” etc. Pedimos disculpas por la extensión, pero hacemos constar que ella se debe al embrollo mental de nuestro crítico, que ha sabido muy bien “combinar” temas diversos en un texto mediocre. Nuestra tarea era, por tanto, así fuese mínimamente, destrabar las cuestiones entreveradas. De todas formas, estos asuntos (ya no sobre el movimiento estudiantil, sino sobre táctica, organización y métodos de lucha) merecen y exigen un trato más extendido. Estamos preparando ya una tesis sobre la guerra de guerrillas, a la que le agregaremos un documento más, para el próximo mes, sobre las cuestiones relacionadas exclusivamente con la táctica. Con eso, cerraremos esta farsa de “debate” instaurada por nuestro “crítico”.
Consideraciones finales
El lector que lea y compare los artículos nuestros con los textos de nuestro “crítico”, notará sin duda el culto acrítico al antiteoricismo de éste. Nosotros sólo podemos repetirle las palabras de Marx a Weitling en 1847: “la ignorancia nunca ayudó a nadie”. Y le agregaríamos una cita de Spinoza, con quien nuestro “crítico” se ufana: “ni reír ni llorar, sino comprender”.
Ciertamente que la situación económica global, y la manera en que esta repercute sobre nuestra situación nacional, están preparando las condiciones de una explosión de masas gigantescas. Se puede ver y sentir en las calles, en los vendedores ambulantes, en la juventud, en la tristeza e impotencia de los obreros, en miles de formas sintomáticas. De seguro que ello encontrará su expresión también en el movimiento estudiantil, en una mayor radicalización, y en batallas potentes que se asoman en el horizonte, en medio de un cielo nublado por la represión estatal.
Nuestra tarea es prepararnos de la mejor manera posible para los grandes acontecimientos que se aproximan, formando multilateralmente los cuadros que intervendrán en el movimiento, los órganos de propaganda, las ideas y métodos correctos etc. No le escurrimos el bulto a estas responsabilidades, estamos trabajando en ellas con el mayor esfuerzo que nuestras (por ahora) escasas fuerzas nos permiten. Y no estaría mal que nuestro “crítico”, y con él otras organizaciones, con las que no compartimos algunos principios pero que respetamos, hiciesen otro tanto, pata que no nos coja desprevenido el giro dialéctico que puede darse en los acontecimientos. Ese es el sano consejo que le hacemos a otras organizaciones y lectores.
Por lo pronto, terminamos esta primera respuesta, a la esperar de la divertida replica de nuestro “crítico”. Ahora podemos volver, nuevamente, a consagrar nuestra atención y trabajo en tareas menos aburridas que atender lloriqueos prejuiciosos, podemos continuar, mientras llega la segunda replica, construyendo las fuerzas marxistas en nuestro país. De todas maneras, prometemos que los próximos textos serán mas breves que este, pues de seguro no constituyen mas que extensiones de algún que otro tema de el opúsculo que aquí dejamos terminado.
Lenin. Fragmento del artículo: Proyecto de programa del partido socialdemócrata y explicación del mismo. En: Acerca de los sindicatos. Editorial progreso, Moscú, 1975. Pág. 9.
Lenin. La táctica de la lucha de la lucha de clase del proletariado. Fragmento del artículo “Carlos Marx”. En: acerca de los sindicatos. Pág. 282
Lenin. Por qué la socialdemocracia debe declarar una guerra decidida y sin cuartel a los socialistas revolucionarios. En: Populismo y marxismo. Editorial la pulga, Medellín, 1976. Pág. 30-31